Opinión: «Castración química: un distractor que refuerza la violencia contra la mujer»

Por Angélica Motta

Frente al masivo y urgente problema de violencia sexual que enfrentamos mujeres e infancias en el país, el Consejo de Ministros aprobó recientemente la “castración química” una política que no resuelve nada y que encima es cara y complicada de implementar. La desesperación por recuperar algunos puntos de popularidad en medio de la crisis que vive el país, está llevando al gobierno a atizar un punitivismo inútil que alimenta ideas falaces que no solo oscurecen sino refuerzan las verdaderas causas de la violencia de género.

Si bien la castración química se contempla en la legislación de varios países como Corea del Sur, Indonesia, Polonia, República Checa y algunos estados de los Estados Unidos entre otros; no existe evidencia científica de que haya reducido la prevalencia de violencia sexual en las sociedades en que es aplicada. Por el contrario, existe evidencia en varios de estos países (Corea del Sur e Indonesia, por ejemplo) de un aumento en la problemática posterior a su implementación. Y es que el problema no se origina en las hormonas de los hombres, que son las que regula la castración química (vía pastillas, inyecciones o parches), sino en la socialización masculina que normaliza la violencia y el dominio sobre otros. Décadas de estudios sobre violencia sexual (Brownmiller, 1975; Segato, 2010) muestran que el móvil de la misma tiene que ver con poder más que con satisfacción sexual. El mal diagnóstico de un problema lleva a perpetuarlo y la castración química solo nos distrae y nos haría perder tiempo y recursos que deberían orientarse a las políticas adecuadas. 

La castración química no solo desvía la atención de lo importante, sino que refuerza la ideología justificatoria de la violencia sexual, esa que nos dice que el pene tiene vida propia y los hombres no son capaces de controlar su deseo sexual, que “hombre es hombre” y por tanto las que tenemos que cuidarnos y no “ponernos en escaparate provocando” somos nosotras. Ideología sexual que históricamente ha generado tolerancia hacia la violencia sexual perpetuando el problema.

Además, al colocar la explicación de la violencia sexual en las hormonas, se le quita la responsabilidad al sujeto; se borra la voluntad y la consciencia con la que tiene que dialogar la política pública. No necesitamos esa negación de la agencia masculina, por el contrario, necesitamos una sociedad en que los hombres se hagan cargo de desmontar el machismo de sus vidas y de la sociedad en general. Son urgentes más bien políticas públicas sobre masculinidades que promuevan esto.

Ante atrocidades como el secuestro y violación sistemática de la niña de 3 años en Chiclayo, la indignación, el impulso por encontrar una rápida solución o también una forma de reparación y hasta venganza; hacen populares llamados a la pena de muerte o castración. Pensar que todo se explica por anomalías del individuo perpetrador puede ser lo menos doloroso o incomodo: “muerto el perro (o su pene), muerta la rabia” es la lógica. Resulta más complejo aceptar que si bien ese individuo es totalmente responsable de sus actos y debe caerle todo el peso de la ley, el machismo y sus mandatos están también a la base de su conducta y en esa dimensión social hay una responsabilidad más amplia que atañe no solo al Estado sino a la sociedad como un todo y en particular a los hombres.

Responsabilidad del Estado que tiene una larga deuda con el bienestar y la seguridad de mujeres y niñxs y que políticas tan inútiles como la castración química solo empeoran. Se requiere programas educativos integrales con sólido presupuesto que aseguren enfoque de género y Educación Sexual Integral con capacitación permanente de docentes y sistemas de monitoreo y evaluación tan fuertes y efectivos como los que monitorean el avance en matemáticas y compresión lectora. Solo por mencionar un aspecto de la política pública entre otros que deben mejorar como: la administración de justicia, la atención policial, la cobertura de los CEM, campañas mediáticas masivas y más. Siempre desde un enfoque de género. 

Responsabilidad también de la sociedad como un todo pues el machismo es una ideología nefasta que en menor o mayor medida todxs podemos ayudar a desmontar en tanto su vigencia se sostiene en nuestras acciones cotidianas. Las feministas venimos haciendo nuestra parte hace tiempo y tenemos que persistir; pero es hora también de que los hombres se organicen y trabajen activamente en ello. Para comenzar, toca que rompan sus complicidades y pactos patriarcales, todo machismo es abono para este desastre, la niña de Chiclayo es solo la punta del iceberg. La violencia sufrida por ella y por todas las niñas y mujeres en el país es parte de los costos sociales de los privilegios masculinos; ya solo eso tendría que ser razón suficiente para que renuncien a ellos y se quieran tumbar el patriarcado con el mismo ímpetu que nosotras.

Publicado en Sudaca.pe

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