
En Piura se ha intentado muchas veces darle valor agregado a la fruta que se pierde en el campo. No siempre ha funcionado. Esta vez, un grupo de agricultores de Malacasí decidió confiar lo más valioso que tenían — sus máquinas — a una universidad. No garantiza el éxito. Sí garantiza que, esta vez, lo intentan organizados.
Por años, Juan Yovera Flores vio cómo el mango se le moría en el suelo. Recuerda que allá por el 2010, cuando la cosecha era abundante, de cada diez javas que daba una sola planta, cinco o seis terminaban podridas en la tierra. No era falta de fruta. Era que los intermediarios pagaban tan poco que no valía la pena ni cargarla hasta el camino. «Se nos malograba, hermano», dice, todavía con esa mezcla de resignación y fastidio de quien ha visto perderse el trabajo de un año entero en cuestión de días.
Juan tiene 47 socios en la cooperativa que preside, Frutos Ecológicos del Norte — COPAFEN, la llaman por sus siglas —, repartidos en 60 hectáreas de limón, mango y plátano en Malacasí, un centro poblado menor de Salitral, en la provincia de Morropón. A dos años de haberse formado como cooperativa, esta semana firmaron un documento que, en el papeleo legal, se llama «convenio de cesión en uso de bienes y equipos». En la vida real, significa algo más simple y más extraño: los agricultores le entregaron a la Universidad Católica Sedes Sapientiae (UCSS) de Chulucanas las máquinas que, gracias a la articulación con el CIPCA (Centro de Investigación y Promoción del Campesinado), consiguieron, porque todavía no tienen un local propio, seguro, con luz e instalaciones adecuadas para operarlas.
No es la universidad la que llega a rescatar al campesino. Es el campesino, organizado, el que cruza la puerta del campus con las máquinas bajo el brazo. Conviene decirlo con honestidad: esta no es la primera vez que en Piura se intenta darle valor agregado a la fruta. Decenas de proyectos de cooperación internacional y del Estado —Pro Compite, Agroideas, entre otros— entregaron en su momento secadores solares o pequeñas plantas de mermelada a asociaciones agrícolas que, en dos o tres años, quedaron inactivas. Las razones se repiten: deshidratar fruta exige retirar entre el 80% y el 85% de su agua, un proceso que consume mucha energía; la conversión es exigente —hacen falta entre 8 y 10 kilos de mango fresco para obtener uno solo de fruta deshidratada—; y vender un producto procesado requiere registro sanitario y controles que muchas cooperativas pequeñas no logran sostener una vez que se acaba el financiamiento externo.

Lo que sí ha funcionado en otras zonas de la región —como las cooperativas de banano orgánico del Chira, que convierten en chifles y harina la fruta que no califica para exportación— es procesar el descarte, no competir con la fruta fresca de primera calidad. Es, casi al pie de la letra, lo que busca COPAFEN: aprovechar las frutas producidas en el corredor del Alto Piura que hoy se pierden en el campo, donde el descarte supera la mitad de la producción, la cual se podría aprovechar en deshidratados y pulpa de fruta. Es una apuesta con más asidero técnico que otras que fracasaron en la región. Pero nadie en Malacasí se atreve a prometer que esta vez será distinto. Lo único que pueden garantizar es que, esta vez, lo intentan organizados y acompañados por cinco años.
La historia contada por una mujer
Margarita Tineo Tineo es vicepresidenta de la cooperativa. Cultiva limón en Malacasí y sabe, de memoria, todos los años en que la lluvia se llevó su cosecha antes de que pudiera venderla.
«A veces también nos perjudica mucho en los tiempos que hay demasiada lluvia. Los caminos se interrumpen, no los podemos sacar para comercializar», cuenta. Cuando el Fenómeno de El Niño activa las quebradas, Malacasí queda aislado del resto del valle, y la fruta que no sale a tiempo simplemente se pierde.
De los 47 socios de COPAFEN, siete son mujeres. Margarita es una de ellas, y no oculta el orgullo que le cuesta sostener frente a un prejuicio que ha escuchado toda su vida: que la agricultura no da, que no vale. Ella responde con su propia biografía. «Gracias a mis plantas de limones, yo eduqué a mis hijos», dice. Sobre el convenio firmado hoy, es igual de directa: «Este es un paso muy importante que está dando la cooperativa, porque siempre que estamos organizados podemos dejarles algo a nuestros hijos». Y luego, casi como una sentencia: «No hay edad para seguir aprendiendo.»
Academia, ONG y comunidad: un trinomio a prueba
Las máquinas y equipos de laboratorio destinados para el proceso de producción de pulpa de fruta y deshidratados — quedaron instaladas en los laboratorios de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, filial Chulucanas. Una casa de estudios impulsada por la Diócesis local, pensada para jóvenes de zonas rurales de Ayabaca, Huancabamba y Morropón, provincias que arrastran algunos de los índices más altos de pobreza y desnutrición infantil de la región.
Detrás de las máquinas que hoy custodia la universidad está el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), una organización que desde hace más de cinco décadas camina junto al agricultor piurano. Según su director ejecutivo, José Luis Calle Sosa, fue CIPCA quien gestionó los fondos para comprar los equipos y quien insistió en sentar en la misma mesa a la cooperativa y a la universidad, una alianza pensada para evitar que este proyecto termine como tantos otros en la región: convertido en un «elefante blanco», unas máquinas costosas cubiertas de polvo por falta de acompañamiento técnico.
El sueño que no cabe en un convenio
Ahora mismo, ningún joven de Malacasí estudia en la universidad de Chulucanas. Los que logran seguir estudiando emigran a Piura, a Trujillo, a Lima. El pueblo se queda sin sus hijos por falta de oportunidades. Juan Yovera lo sabe mejor que nadie. Sus propios hijos ya son mayores, pero tiene nietos en la primaria y en la secundaria en el Centro Poblado. Cuando firmó el convenio, no pensaba solamente en la máquina que, con algo de suerte, ayudará a que su cosecha se aproveche mejor. Pensaba en ellos. «Ojalá Dios quiera que algún día podamos encontrar una mano amiga acá que nos ayude a gestionar, siquiera, una media beca para que los alumnos puedan venir a estudiar acá», dice. Es una frase sencilla, casi tímida que reafirma el anhelo justo de mejores condiciones de vida para no tener que migrar lejos. Esa frase encierra un pedido legítimo que encuentra en la firma de este convenio, la posibilidad del cambio y la transformación agroindustrial para el bien social.
Juan Yovera Flores es presidente de la Cooperativa Agraria Frutos Ecológicos del Norte (COPAFEN). Margarita Tineo Tineo es su vicepresidenta. Ambos cultivan la tierra en Malacasí, Salitral, provincia de Morropón, región Piura.













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