

Las elecciones, ya sean presidenciales-congresales o regionales-municipales, en estos tiempos de relativismo axiológico y de crisis de los valores comunitarios, manifiestan mucho sobre la calidad de las personas: su calidad ética, sus principios, sus valores personales y colectivos, su visión de país o de pueblo, su calidad democrática, su valoración de las reglas sociales; es decir, lo que valoras para ti y para tu país. En esta amplia arca de Noé de candidatos y candidatas hay diversidad de personalidades políticas. Hemos visto políticos que valoran las reglas democráticas y sociales, y otros a quienes no les importan; políticos que valoran los derechos humanos, y otros que no; políticos que tienen una visión de país, y otros que no; políticos que tienen más dinero y otros menos… políticos que valoran la vida, la paz y la igualdad entre hombres y mujeres, y otros que las relativizan y valoran solo lo económico. En este cuadro diverso y plural de la política cabe la expresión «dime por quién votaste y te diré qué calidad ética tienes».
Esta expresión no es una simple frase ingeniosa: la historia política del Perú y del mundo ofrece casos que la ponen a prueba. Los ejemplos abundan en nuestro país. El fujimorismo, desde los años noventa, ha contado con personas que promueven la defensa de las élites en desmedro de los derechos de la población pobre, cuyos derechos a la vida, a la justicia y a la verdad son vulnerados en cada etapa; sin embargo, hay peruanos y peruanas que los han elegido una y otra vez para que los gobiernen. Han relativizado los valores democráticos de justicia, verdad y derecho a vivir de otros peruanos.
Años después tuvimos al presidente Alan García, que volvió al Perú cuando sus delitos de corrupción prescribieron, se lanzó a la presidencia y volvió a ganar en 2006.
La gente que lo eligió, relativizó sus delitos y lo volvió a elegir. Más recientemente, Rafael López Aliaga es un candidato que ha despreciado la vida de las personas, las reglas del juego electoral y los valores democráticos, y aun así obtuvo la mayor votación en Lima. A nivel internacional, Trump, Putin, Netanyahu y Milei, despreciadores de la vida y de los derechos, han sido elegidos y ahí están.
Frente a estos casos, surge una pregunta inevitable: ¿qué revela de nosotros mismos haber elegido a quienes elegimos? Cuando elegimos, elegimos valores, creencias, visiones de país. Mi voto expresa lo que quiero para mi país, región o municipio; expresa mis valores democráticos, comunitarios y personales; expresa mi calidad ética y humana. Tal vez el candidato a quien elijo es el espejo en el cual me miro. Por eso no me parece normal que se elija a un candidato corrupto: yo también lo sería en esas circunstancias.

Si no valora la vida y lo elijo, significa que a mí tampoco me importa la vida; si miente y lo elijo, es que valoro la mentira como parte normal de la vida; si roba y lo elijo, es que yo haría lo mismo en esas circunstancias. El candidato es espejo de mis valores y de cómo yo actuaría en esas circunstancias. Ese es mi voto. Dime cómo es la persona por quien votaste y sabrás qué valoraciones tienes de la vida, de los demás, de la comunidad y de tu país.
Si el voto es un espejo, este momento electoral es también una oportunidad para mirarnos con honestidad y aprender de lo que vemos. Estamos llegando a la fase final de este año electoral 2026. Son dos procesos electorales que deben dejarnos, además de elecciones irreversibles de autoridades con las que no todos y todas estaremos de acuerdo, lecciones de aprendizaje: nuestra ciudadanía debe quedar fortalecida. Por supuesto, esto ocurre en las personas que han desarrollado la capacidad de aprender permanentemente de la experiencia de la vida. No ocurre con todos y todas, pues hay personas más abiertas a aprender, más reflexivas y más dispuestas a crecer. Otras tienden a cerrarse en los pocos aprendizajes que han logrado en su vida, perdiendo la oportunidad de aprender más.
Los procesos electorales son eventos políticos para crecer en ciudadanía, para desarrollar nuestra capacidad o razón política, que cada cuatro o cinco años nos conduce a participar y a elegir a nuestras autoridades políticas.
El candidato que elegí es el espejo de mis valores personales: lo que veo en él dice mucho de lo que valoro yo. Hoy, cuando termina este proceso, es tiempo de evaluar personalmente lo aprendido y de preguntarme qué calidad de ciudadano soy, si de verdad me intereso por el bien común de todos y todas las peruanas. Dime por quién votaste y te diré qué clase de persona eres.












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