

Ayer domingo, la Catedral de Piura se vistió de gratitud. Docentes, estudiantes, familias, religiosas/os y autoridades se congregaron en torno al altar para elevar una Eucaristía de acción de gracias por los sesenta años de los colegios Fe y Alegría. Presidida por monseñor Luciano Maza, obispo de Piura, y acompañada por sacerdotes jesuitas y representantes de diversas congregaciones religiosas, la ceremonia fue mucho más que un acto institucional: fue un abrazo colectivo a una obra que ha cambiado miles de vidas en nuestro país.
Sesenta años son media vida para muchos, pero para Fe y Alegría han sido seis décadas de puertas abiertas. Han sido seis décadas de aulas levantadas allí donde parecía que nadie llegaría, de maestros que caminaron largos trayectos para enseñar a leer, de niños/as que descubrieron en un cuaderno la posibilidad de soñar distinto.
Cada aniversario esconde una historia, y detrás de esta cifra hay rostros: la niña que fue la primera de su familia en terminar la secundaria, el joven que hoy es profesional y regresa a agradecer, la madre que encontró en la escuela un lugar donde ser escuchada.
Por eso conmueve tanto que las autoridades educativas y municipales hayan reconocido públicamente esta labor extraordinaria. Desde Cutivalú felicitamos esa acción. Los homenajes, sin embargo, son apenas un gesto pequeño frente a la magnitud de lo entregado. Fe y Alegría ha demostrado que la educación no es un privilegio de unos pocos, sino un derecho que se defiende con constancia, creatividad y amor, sobre todo en las comunidades donde miles de niños/niñas, adolescentes y jóvenes necesitan mayores oportunidades para desarrollarse en plenitud.
Lo admirable de esta experiencia es que nunca se conformó con abrir escuelas. Amplió el acceso a la educación, sí, pero fue más allá: apostó por una formación integral, sustentada en la calidad, la inclusión, la solidaridad y la ciudadanía. Enseñó a sumar y a restar, pero también a compartir; enseñó gramática, pero también a alzar la voz frente a la injusticia. Formó estudiantes con la convicción de que el conocimiento se pone al servicio de las y los demás y de que cada persona puede ser protagonista de la transformación de su comunidad.
En el Perú, Fe y Alegría forma parte de una gran red internacional de educación popular y promoción social presente en numerosos países de América Latina.
Esa hermandad continental recuerda que la esperanza no tiene fronteras y que la misma vocación que anima a un maestro/a en un caserío piurano late también en una escuela de otro rincón del continente. Sus instituciones educativas son públicas y funcionan mediante una alianza entre el Estado y la Compañía de Jesús, prueba de que cuando se suman voluntades, la educación pública puede alcanzar niveles de excelencia y humanidad admirables.
Merecen gratitud profunda los jesuitas y las congregaciones que sostuvieron este sueño; las y los directivos y docentes que, muchas veces con recursos limitados pero con un corazón inmenso, convirtieron cada jornada en una lección de dignidad; las familias que confiaron a sus hijos a estas aulas; y los estudiantes, que con su alegría dan sentido a todo el esfuerzo.
Piura tiene hoy mucho que celebrar. Pero también tiene la oportunidad de renovar un compromiso: acompañar, defender y fortalecer una obra que siembra futuro. Porque donde hay una escuela de Fe y Alegría, hay una comunidad que se levanta, una familia que se llena de esperanza y un país que se vuelve, poco a poco, más justo.
Desde Cutivalú decimos, gracias, Fe y Alegría, por sesenta años de fe en las personas y de alegría compartida. Que el camino siga siendo largo, y que sus aulas nunca dejen de estar abiertas para quienes más las necesitan.












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