
¿Cómo va el proceso electoral para autoridades regionales, provinciales y distritales en la región Piura? La campaña ya está en marcha: candidatos que reparten volantes, prometen obras y llenan las calles de banderolas. Y sin embargo, muchos piuranos y piuranas aún no saben por quién votar. No por falta de opciones —sobran—, sino porque, hasta ahora, no aparecen propuestas que convenzan a las y los electores de la segunda región más grande del país.
Sostengo lo siguiente: en Piura no podemos seguir votando por costumbre, por cercanía o por el rostro más conocido. La región necesita que el elector convierta su voto en un filtro exigente —de honestidad comprobable y de capacidad técnica real—, porque diez años después seguimos administrando los mismos pendientes de siempre.
«Pensemos primero en la evidencia del estancamiento. Piura sigue tan expuesta a un Niño Costero como en 2017. Los drenajes pluviales siguen sin terminarse, las defensas ribereñas siguen incompletas, la reconstrucción avanza a paso de tortuga mientras el presupuesto de prevención sí se gasta, solo que en otro lado o en obras que no llegan a la gente. Piura Metropolitana produce menos agua de la que su gente necesita para vivir dignamente. Esto no es una lista de pendientes técnicos: es la prueba de que, gestión tras gestión, la región no logra convertir presupuesto en bienestar. Ese es el verdadero índice de desarrollo humano que debería importarnos: no el discurso, sino la distancia entre lo que se promete y lo que efectivamente cambia la vida de la gente«.
A esto se suma la calidad de la oferta electoral. Treinta y un listas compiten solo por el Gobierno Regional. Esa fragmentación, lejos de ser señal de vitalidad democrática, es síntoma de un sistema de partidos vaciado de proyecto y lleno de ambición personal. Entre los nombres con mayor exposición hay rostros conocidos, exautoridades que ya gobernaron y que hoy vuelven a postular sin que medie una autocrítica pública sobre lo que no hicieron bien. Hay, además, candidaturas ya excluidas por los Jurados Electorales Especiales por presunta reelección encubierta, por no acreditar residencia, por irregularidades que deberían alarmarnos más de lo que alarman.
Se podría objetar que exigir tanto es idealista: «todos los candidatos tienen algo cuestionable, hay que votar por el menos malo». Ese razonamiento es precisamente el que ha sostenido el estancamiento: normaliza la mediocridad como destino inevitable y le quita al elector su única herramienta real de presión. También se dirá que un rostro nuevo, sin experiencia, es un riesgo mayor que uno conocido. Pero la experiencia de quienes ya gobernaron y dejaron obras inconclusas no es garantía de mejor gestión futura; es, muchas veces, evidencia de lo contrario. Ni la resignación ni la nostalgia por lo conocido son argumentos válidos frente a una región que no avanza.

Frente a esto, el perfil que debemos exigir —en cada nivel de esta elección, no solo en el sillón regional— es concreto.
- Primero, trayectoria verificable y sin sombras: sin investigaciones fiscales pendientes, sin parientes ni socios beneficiados con contratos del Estado, sin gestiones previas cuestionadas que se repiten sin autocrítica; este filtro va primero, antes que cualquier plan de gobierno.
- Segundo, capacidad técnica de ejecución y no de promesa, que sepan formular y destrabar proyectos de agua, drenaje y defensas ribereñas, no solo inaugurar carteles de obra.
- Tercero, capacidad real de articulación con el gobierno nacional, que negocien recursos con Lima en lugar de usar el conflicto como excusa para no ejecutar.
- Cuarto, una visión productiva más allá de la emergencia, que impulsen agroexportación, riego, pesca y vías rurales, no solo respuestas reactivas a cada lluvia.
- Y quinto, vocación de diálogo con consejos y concejos fragmentados, que sepan construir mayorías con adversarios políticos en lugar de gobernar en guerra permanente contra su propio consejo regional o concejo municipal.
Si el ciudadano piurano vuelve a votar por inercia, no podrá luego reclamar sorpresa cuando en el 2027 sigamos hablando de los mismos drenajes sin terminar y del mismo déficit de agua. La papeleta de octubre no es un trámite: es la última oportunidad, antes de otros cuatro años perdidos, de romper el círculo. Pensar el voto no es un lujo intelectual; en Piura, hoy, es una obligación cívica.
Por: Wilmer Fernández Ramírez – Director de Cutivalú
















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